
Siento que no hay algo peor que el día Domingo.
Y lo que es peor aún, me parece más terrible todavía un Domingo lejos de mi ciudad, en una casa que no es la mía, limitada por una ciudad enoorme que me hace sentir chiquita chiquita mal por el solo hecho de que me resulta totalmente desconocida y es eso lo que me hace propensa a perderme entre sus calles, avenidas, el tráfico y la gente.
Pero más allá de eso, son feos los Domingos.
Porque el hecho es que con cada Domingo que pasa, siento que me convenzo más de que lo que pensaba cuando era chiquita era ciero, que tal vez el Domingo tenga una especie de energía esotérica que sea capaz de sacar lo peor de nosotros y que nos obligue a escarbar en los rincones más sombríos y oscuros que llevamos dentro.
Hasta ahora, había encontrado la manera de sobrellevar esta sensación con domingos en la costa o domingos en el cine.
Pero, ¿qué hace una cuando no está en su casa, con las personas de siempre, en los lugares de siempre y con los recursos que SIEMPRE tuvo a mano?
Simplemente esperar que nuevos aires también signifiquen nuevos recursos.
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