
Se obligaba a no pensar. Ese no era él, simplemente ese no podía ser él.
Las cosas habían llegado demasiado lejos, y era muy conciente que nadie más que él lo había permitido. El problema era que ella tenía algo, ese no se qué que lo atraía. Y simplemente no podía evitarlo, sus palabras lo provocaban, su sonrisa lo atraía y no podía, simplemente no lograba quedarse callado cuando la tenía enfrente. Y no era porque ella fuera más interesante o más atractiva que su enamorada. Ella simplemente era diferente.
Era diferente a los demás porque, precisamente, venía de un lugar completamente distinto. Y eso le gustaba, pero a la vez lo asustaba. Se sorprendió más de una vez flirteando con ella y disfrutando que ella se sumara a su juego; conciente, aunque muy en el fondo, que no era correcto pero, simplemente, no podía evitarlo.
Y, así como así, las cosas fueron saliéndose de control, y se encontró atrapado en una red de palabras que iban y venían, que eran como una trampa, pero simplemente no tuvo en cuenta que las palabras justamente eran el fuerte de ella, y pasó de estar seguro de tener este juego bajo control a encontrarse en una gran desventaja con ella. Porque ella no tenía nada que perder. Al subestimarla desde el principio, se perdió de observar sus cualidades y ahora ya era demasiado tarde.
De repente, se vio arrastrado a su habitación. Estaba en su cama, donde grandes porciones de piel comenzaba a salir a la superficie, sentía su aliento demasiado cerca, pero ni siquiera era una cuestión de no poder escapar. Él no quería escapar. Cuando reaccionó, se encontró con que su piel se estaba preguntando desesperadamente como se sentiría la piel desnuda de ella mezclada con la suya. La buscó a su lado y no la encontró porque, justamente, la tenía encima suyo pidiéndole sin palabras que se dejara llevar, que esto era sólo un juego, que cuando terminara se convertiría en un recuerdo y eso sería todo...
Y eso sería todo...
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