
No quiero crecer.
Quiero quedarme en la niñez donde no hay preocupaciones, donde todo parece terminar cada noche cuando nos vamos a dormir, donde el desafío más groso es ver cómo subo a aquel tobogán o simplemente pensar "mañana voy a ser yo la que se hamaque más fuerte".
Una vez leí un libro que contaba de cómo un águila a la que le habían mentido diciéndole que era un ave de corral, se acostumbró a vivir así mientras sus plumas se estropeaban y sus garras se entumecían al ella tratar acostumbrarse a esa vida para la que en realidad no estaba hecha. Hasta que un día, el dueño del corral le dijo que ella debía buscar el destino de las águilas y llegar a la cima de la montaña.
A veces no sé si estoy preparada para convertirme en águila, pero también ESTOY SEGURA de que no fui hecha para vivir la vida de un ave de corral, acostumbrada a hacer lo mismo todos los días, sin sentir la brisa en mi rostro, sin salir a la aventura desconocida, sin sentir ese sacudón en el vientre al impulsarme con mis propias alas.
Pero si siento que ser águila es tan maravilloso, ¿por qué me embarga esta pena de sentir que ser águila conlleva el dolor de otros?
No hay comentarios:
Publicar un comentario